Opinión

Los gobernantes mexicanos ¿adictos al cemento?

Escrito por: 10 enero, 2018 No hay comentarios

Por Joan Rega

Con la puesta en marcha del Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol), allá en el inicio de la década de los años 90 del siglo pasado, el país vio entrar a sus localidades, pueblos y municipios a una vorágine, casi sin límite, de consumo de cemento, que a la fecha continúa. Así, el cemento como material de construcción se volvió un material “aspiracional” de servicio público para los gobernantes y casi de reclamo de los gobernados.

De entonces a la fecha, las autoridades de cada rincón del país han presumido las obras de cemento como el mejor ejemplo del servicio a sus comunidades, como el pináculo de su desempeño y un paso más hacia la modernización de sus localidades. Nuevas obras, remozamiento de las existentes y destrucción de las antiguas terminaron dando pie a inauguraciones y saraos difundidos por medios escritos y videográficos, al costo de lo que fuera. Esencialmente, el cemento ha terminado siendo una adicción de los gobernantes nacionales.

Carreteras, calles, plazas, jardines, banquetas, bulevares, patios, pisos de chozas, entre otros más, han visto cambiar su fisonomía con la llegada del cemento, pero también de su imposibilidad o alto costo de reparación. Lo sorprendente es que para mantener el rito de “encementar” al país, las pequeñas ciudades y pueblos enteros vieron destruidas sus plazas típicas con el empedrado o “achinado” de calles, banquetas de piedra de río, entre otras características del equipamiento urbano, entonces existente.

En este proceso interminable de la enajenación de la obra pública, carreteras enteras y vías, relativamente recientes y con buen mantenimiento, como la supercarretera de México a Veracruz o el llamado Circuito Bicentenario de la Ciudad de México, fueron destruidas para volverlas a hacer con el duradero mito del cemento.

En todo el transcurso de adicción pública al cemento, tres hechos llaman poderosamente la atención. El primero es que ante la preferencia por el cemento y su relativo elevado costo, la provisión de infraestructura urbana necesaria en zonas marginadas y precarias se ha pospuesto desde hace varios lustros; por lo que la marginación y desigualdad territorial urbana se ha agudizado.

El segundo hecho es que buena parte de la infraestructura y equipamiento urbano está deteriorándose a una alta velocidad, por el problema técnico de reparación de cemento y el costo. Hoy es común observar calles “rotas” en buena parte de los pueblos y pequeñas ciudades del sur-sureste, tal como ya acontecía desde 1995 en los pueblos chiapanecos. En el mismo sentido, bien valdría la pena preguntarles a los transportistas su opinión sobre la pertinencia del cemento, al menos en México, como material de carreteras, especialmente en relación a la velocidad de deterioro de las unidades de transporte.

Finalmente, a mayor disponibilidad de recursos públicos se invirtieron cantidades ingentes en el cemento, y al entrar el país en una astringencia presupuestal la adicción pública al cemento ha continuado, vía los denominados “Proyectos Público-Privados”. Este tipo de Proyectos van desde concesiones –por ejemplo, de carreteras que pagan los usuarios–, hasta obras que se amortizan o pagan como renta los gobiernos en largos periodos de tiempo.

La correlación entre “inversión” en cemento y el crecimiento económico del país, sin duda, ha sido negativa. Dicho de otra manera, en los pasados 30 años a mayor inversión pública en cemento no necesariamente creció más el país. Aún más, el ritmo de crecimiento de la economía nacional menguó.

Esperemos que los tiempos actuales de frugalidad presupuestal pública y las elevadas deudas de los estados y la Federación, sean cura y razón para poner en tratamiento la adicción al cemento de nuestros gobernantes.