Por Danner González

@dannerglez

 

“Y los trenes eran animales mitológicos,

que simbolizaban la fuga, la huida, la vida, la libertad…”

–Joaquín Sabina, preludio a Cuando era más joven.

 I. Ferrocarril, literatura y vida.

De la poesía idílica o descarnada de los trenes, nuestra literatura ha dado testimonio en novelas y cuentos de alta factura. De su incertidumbre, del miedo a lo desconocido, de su impredecibilidad e incluso de su talante fantasmagórico, Juan José Arreola creó uno de sus más logrados cuentos, El guardagujas (Confabulario, 1952). Como una catedral de puro artificio, festín de la lengua y pirotecnia, Fernando del Paso erigió ese monumento enigmático y sincrético que es su primera novela, José Trigo (1966), por cuyas páginas se pasea el personaje cargando un ataúd entre locomotoras y guardacruceros, en los campamentos ferrocarrileros de Nonoalco Tlatelolco.

Hay poesía alrededor de los trenes, en todas partes: En las rieleras, en los armones, o en las estaciones que registran partidas sin regreso, despedidas interminables; en las familias de los ferrocarrileros para quienes el tren lo fue todo durante el siglo XX. Les recuerdo viviendo en un vagón-habitáculo, viajando como gitanos errantes, entre las vías que debían arreglar, en pequeñas casas a un lado de las viejas terminales. “Máquina 501/ la que corrió por Sonora/ por eso los garroteros/ el que no suspira, llora”. Es el corrido que cuenta las hazañas de Jesús Aguilar, héroe de Nacozari, para luego convertirse en himno de los ferrocarrileros.

La memoria funciona con base en pulsaciones propias, como vibración de rieles; nos transporta a otros tiempos y a otras latitudes. Recuerdo, por ejemplo, los brazos amorosos de mi padre, enseñándome a pronunciar con pulcritud la erre: “Erre con erre, cigarro/ Erre con erre, barril/ Rápido ruedan los carros/ cargados de azúcar del ferrocarril”. Recuerdo haber viajado un par de veces en tren por el sureste veracruzano y recuerdo cómo aquello me pareció una aventura extraordinaria. Recuerdo también a mi abuela, contando que a principios del siglo XX, en su pueblo, los calzoncillos de los varones se confeccionaban a partir de la manta de sacos de azúcar transportados en tren desde los ingenios. Y recuerdo, en consecuencia, un verso libre recitado por mi abuela: “Al subir Marcelino al tren/ se le rompió el pantalón/ y lo primero que se le vio…/ ¡cincuenta kilos, neto!”.

II. El tren como organizador del tiempo

Para los mexicanos de fin del siglo pasado, el tren de pasajeros es apenas una reminiscencia vaga, mientras que para la vieja Europa, los trenes son cosa cotidiana. El ferrocarril, nacido de la Revolución Industrial, reinventó el paisaje, escribe Tony Judt, en su memorable ensayo El esplendor del ferrocarril (The New York Review of Books, 2010): “Exigía –y en todas partes se le concedió– un poder y una autoridad sobre los hombres y sobre la naturaleza: derecho de paso, de propiedad, de posesión y de destrucción, que no tenían (y siguen sin tener) parangón en tiempo de paz.”

Dada la dificultad de freno y movimiento, fue necesario mantenerlos a distancias seguras y siempre localizados. Así nacieron los horarios de los ferrocarriles, explica Judt: “A continuación vino todo lo demás: el establecimiento de husos horarios nacionales e internacionales; los relojes de fichar en las fábricas; el omnipresente reloj de pulsera; los horarios de autobuses, ferries y aviones, así como de los programas de radio y televisión; los horarios de los colegios, y muchos más”.

¿Cuántas historias se habrán comenzado a escribir tras una cita debajo del reloj de la estación de trenes? ¿Cuántos negocios se habrán consumado gracias a un tren que llega a tiempo? ¿Cuántas vidas se habrán salvado debido al traslado oportuno de enfermos? ¿Cuántas películas, cuántos libros, cuántos lienzos se habrán pintado con este motivo?

Hay un par de cuadros de Edward Hooper que resultan ilustrativos al respecto: Casa junto a la vía del tren (1925) y New York – New Haven in Hartford (1931). Las vías del tren aparecen al frente de ambas piezas, como delimitando el paisaje, o acaso reinventándolo. Al fondo se aprecian casas, pero contrario a lo que es una constante en Hooper, no hay en ellos personas compungidas ni atmósferas sombrías. Tampoco hay trenes, pero uno sabe que allí, tras los postigos o detrás de las ventanas hay optimismo, anunciación, gente esperando ver el tren pasar. Son quizá, los cuadros más esperanzadores del pintor estadounidense.

Hoy, los trenes siguen ordenando el tiempo. Uno aborda el AVE en Madrid para apearse en Sevilla, apenas dos horas y media después. Si la velocidad del TGV francés es asombrosa, la puntualidad del Tsukuba Express en Japón es incomparable. En 2017, la empresa nipona se disculpó por haber cometido un fallo imperdonable: uno de sus trenes salió 20 segundos antes de la hora programada. ¿Tendríamos algo que reclamarle a las aerolíneas mexicanas al respecto?

Danner González

Danner González

Especialista en comunicación y marketing político. Ha realizado estudios de Derecho en la Universidad Veracruzana; de Literatura en la UNAM; de Historia Económica de México con el Banco de México y el ITAM, y de Estrategia y Comunicación Político-Electoral con la Universidad de Georgetown, The Government Affairs Institute. Ha sido Diputado Federal a la LXII Legislatura del Congreso de la Unión, Vicecoordinador de su Grupo Parlamentario y Consejero del Poder Legislativo ante el Consejo General del Instituto Nacional Electoral. Entre 2009 y 2010 fue becario de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores en Córdoba, España. Sus ensayos, artículos y relatos, han sido publicados en revistas y periódicos nacionales e internacionales. Es Presidente fundador de Tempo, Política Constante.