Por Danner González

@dannerglez

Diario de la psicosis VII, o notas para después de un síncope

30 de abril de 2009

Para fortuna de unos y desgracia de muchos existe el mundo global y la “supercarretera de la información”. Durante estos días de estupor y confusión recurro a los periódicos del mundo entero con más frecuencia que antes para enterarme de lo que en torno nuestro dicen. Le Monde explica las razones de Francia para pedir a la Unión Europea que suspenda todos los vuelos a México, en El Universal la nota la da Reynoso el capitán de Chivas que saca la casta, o más bien las excrecencias frente a un jugador chileno del Everton; el motivo, las burlas de los chilenos y la discriminación que alegan los del “rebaño sagrado” por ser mexicanos y por tanto influ-yentes, o sea que van de aquí para allá con influenza. 

La nota que me llama la atención la da El País, que entrevista a Miguel Ángel Lezana, epidemiólogo en jefe, por llamarle de alguna manera, encargado del tema “influenza” en la Secretaría de Salud mexicana. En las oficinas de la secretaría, nos dice El País, nadie lleva cubrebocas, ni siquiera el epidemiólogo jefe, y a pregunta expresa Lezana declara que los cubrebocas no sirven de nada, pero que se repartieron como una medida para tranquilizar a la gente y en respuesta a una exigencia de la gente misma. O sea, al pueblo, lo que pida. Recuerdo entonces este fragmento de un poema de Gregory Corso, “Notes after blacking out”:

All is answerable I need not know the answer

Poetry is seeking the answer

Joy is knowing there is an answer

Death is knowing the answer

Y un verso más, repleto de belleza: “they will never die who so embraced.” Yo por lo pronto seguiré abrazando mientras pueda y usando cubrebocas de pintor para contener al menos mi hipocondria. Mientras, pensaré en algo que escribió en 1499 Fernando de Rojas en La Celestina: Nadie es tan joven que no se pueda morir mañana, ni tan viejo que no pueda vivir un día más. Hasta mañana.

Diario de la psicosis VIII. Sueños nada más

01 de mayo de 2009

Despierto tarde y mal, hace calor como de canícula caribeña sobre mi habitación, quizá eso ha hecho que me agite toda la noche entre sueños inexplicables, por decir lo menos. 

I. Parece Coatepec, aunque quizás sea Xico. Camino por las calles empedradas con dirección a la escuela, creo que soy preparatoriano. Me acompañan Oscar, Saúl y Alejandra. Nos despedimos a la entrada del colegio, ergo Oscar y yo no entramos a clases. El resto del día se nos va en deambular entre los matorrales hasta que llegamos a lo que parece una cascada pero es en realidad una noria, ya diría don Octavio, un alto surtidor que el viento arquea. Llegamos al centro del arroyo. Algo se mueve entre los matorrales y además huele a mota. Intentamos acercarnos pero entonces nos arrojan unas bolsas de Chedraui con el cuerpo cortado en pedazos de una anciana cuya cabeza me recuerda a María Sabina, la sacerdotisa de Huautla. Estoy ensangrentado, tengo un cuchillo en la mano. El agua sigue su curso, refrescante. Es un hecho que no soy precisamente Juan el bautista en medio de las aguas del Jordán. 

II. Vivo en Xalapa aunque al parecer mi estatus es de refugiado o algo así.. Es el ático de la casa parroquial, pero Quintín no aparece en la escena. En su lugar hay un cura viejo, que a cada rato se mesa las barbas como en pose de patriarca del Antiguo Testamento. Eso no lo hace santo, más bien le da un aire como de obispo coludido con el narco, de esos que andan de hocicones diciendo dónde vive el chiras pelas de la baraja. Acabo de despertar y no entiendo por qué vivo en tan inclementes condiciones si el párroco es un picudo entre los picudos y recibe cuantiosos donativos cada semana. Quizá hizo votos de pobreza, pienso, o tal vez lo he confundido y se trata de un buen hombre que predica la teología de la liberación. Me asomo a la ventana. No puedo disimular mi estupor. En la esquina de enfrente está el Palacio rojo del Gobierno del Estado. Sobre el balcón principal conversan plácidamente el gobernador Fidel Herrera y el padre poeta, Ernesto Cardenal. 

Despierto agitado y con sed. No sé qué pensar o cómo interpretarlo. ¿Y si ya es tiempo de ir al psicólogo? me pregunto mientras me dirijo a la cocina por un jugo de naranja y un café humeante, por supuesto veracruzano.

 

Danner González

Danner González

Especialista en comunicación y marketing político. Ha realizado estudios de Derecho en la Universidad Veracruzana; de Literatura en la UNAM; de Historia Económica de México con el Banco de México y el ITAM, y de Estrategia y Comunicación Político-Electoral con la Universidad de Georgetown, The Government Affairs Institute. Ha sido Diputado Federal a la LXII Legislatura del Congreso de la Unión, Vicecoordinador de su Grupo Parlamentario y Consejero del Poder Legislativo ante el Consejo General del Instituto Nacional Electoral. Entre 2009 y 2010 fue becario de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores en Córdoba, España. Sus ensayos, artículos y relatos, han sido publicados en revistas y periódicos nacionales e internacionales. Es Presidente fundador de Tempo, Política Constante.