Por Danner González 

@dannerglez

 

En los demás países existen seres como Hamlet, pero en éste pueden encontrarse tan solo personas como Karamazov.

-Dostoievski, hablando de la capacidad de detenerse a meditar sobre un asunto.

Asumo a la política como voluntad de entender al otro. Nuestra capacidad dialógica nos distingue de los animales no humanos. Hay otro rasgo esencial que nos diferencia de éstos: la miseria. La miseria es consustancial a lo humano y casi se diría que una característica inherente a la política. Son legión quienes sin principios permanecen al acecho de los yerros del adversario para capitalizarlos políticamente, quienes deforman los hechos y difunden falsedades que luego viralizarán mediante bots en redes sociales hasta formar opinión pública. Difama, difama, que algo queda, dice un viejo adagio. Y Goebbels: una mentira mil veces repetida se convierte en verdad. 

No hay gobiernos perfectos. No todo lo que hace el gobierno está bien pero tampoco todo está mal. La verdad histórica no se construye de un día para otro y en definitiva no dentro de parámetros simples como blanco o negro, positivo o negativo, bueno o malo, esa dicotómica concepción teológica del Antiguo Testamento. La verdad muy rara vez puede encontrarse en las antípodas de un asunto. La verdad -histórica o política al menos- triunfa cuando se es capaz de acercar a un punto medio, posiciones encontradas.

Si la política es voluntad de entender, entonces se requiere sensatez, prudencia a la hora de emitir opiniones políticas. Churchill citaba a menudo esta idea: “Solo por medio de la calma se gobiernan los corazones”. Por lo tanto, formarse un juicio sobre los asuntos públicos requiere reflexión y análisis, un examen minucioso que no se desprende de opiniones a la ligera, cogidas al vuelo en Facebook o Twitter. Cuánta razón tenía Wittgenstein cuando escribió en el punto Siete del Tractatus: “De lo que no se sabe es mejor no hablar”. Es duro y es triste, pero si la prudencia es una palabra casi ofensiva hoy, de esas palabras obscenas que -decía Monsiváis- hay que ir a buscar al diccionario, la moral es un concepto en franca bancarrota. 

¿Y qué tiene que ver la moral en la vida pública? Todo. De nuevo es Dostoievski quien nos da alguna idea: “¿Qué es Iván Karamazov sin sentido moral? Un joven instruido, inteligente, pero atormentado al borde de la locura por la pena y los remordimientos.” Se me dirá que Dostoievski habla de la vida privada, pero ¿acaso no es lo público la suma de la vida privada de las naciones?

Es la moral el cimiento sobre el que se erigen las cuatro virtudes de La República platónica: la prudencia, la justicia, la fortaleza, la templanza. Bien valdría practicarlas en tiempos de esta crudelísima pandemia que azota a la humanidad. Someter bajo su égida la actuación de los gobiernos en tiempos que exigen solidaridad y que acentúan la tentación dicotómica de la que antes hablaba.

No se puede especular con ligereza y mucho menos se puede admitir la miseria política en tiempos de emergencia. Aunque cada vez se avanza más en el conocimiento de la gestión y comunicación de la crisis, se reacciona sobre la marcha, con los recursos existentes y, solo después, pasada la emergencia y con elementos objetivos de juicio, se puede evaluar si las decisiones tomadas han sido correctas o no. 

Muy lejana de la prudencia está la visión reduccionista que sostiene que tenemos un mal Presidente porque reacciona distinto al Primer Ministro canadiense o a la Canciller alemana; o que México no toma las medidas adoptadas por Singapur o Corea. La caricatura construida por Nayib Bukele tendría que ser motivo de un estudio aparte, pero al respecto basta decir por ahora que el tiempo mostrará los pies de barro del salvadoreño, que embelesa a las redes en un tiempo en que es más importante lo que se declara que lo que se hace.  Ya nos gustaría tener un sistema de seguridad social de primer mundo, un estado de bienestar sólido y un aburrimiento democrático, como mínimo, escandinavo, pero la prudencia de nuevo es útil para ubicarnos en nuestra realidad histórica y económica, producto de condiciones sociales y políticas extractivas que, ya Robinson y Acemoglu se encargaron de mostrarnos que producen fallos sistémicos en las naciones (Por qué los países fracasan, 2012).

No está en duda la dimensión del problema para México. Vendrán días aciagos. La emergencia escalará, mostrará la fragilidad institucional y al hacerlo recrudecerá la estridencia y el mal humor social, acentuará las visiones encontradas de los muchos Méxicos que somos. José Saramago imaginó, en el corpus de su obra narrativa, escenarios sombríos que confrontan al ser humano con su semejante: la exacerbación de los nacionalismos en La balsa de piedra, la miseria y la agnosia en Ensayo sobre la ceguera (“ciegos que viendo, no ven”) y el asombro platónico ante los otros, prisioneros que son iguales a nosotros, en La caverna. Ficciones que no hacen sino mostrar la realidad de nuestros días. Por lo pronto, un deseo emanado de Las intermitencias de la muerte: “Al día siguiente no murió nadie”. 

En estos días de reunión, cada uno de nosotros tendrá que trazar una hoja de ruta personal hacia el futuro. La pandemia transformará lo que sabemos de la vida en sociedad, nuestra concepción comunitaria. Las cuatro virtudes cardinales bien pueden conducirnos en tiempos sombríos: la justicia, en primer lugar para los que menos tienen; la fortaleza que habremos de necesitar al interior de nuestras familias y al exterior del servicio público; la templanza que es moderación, sobriedad y continencia; y desde luego la prudencia, esa palabra.

Danner González

Danner González

Especialista en comunicación y marketing político. Ha realizado estudios de Derecho en la Universidad Veracruzana; de Literatura en la UNAM; de Historia Económica de México con el Banco de México y el ITAM, y de Estrategia y Comunicación Político-Electoral con la Universidad de Georgetown, The Government Affairs Institute. Ha sido Diputado Federal a la LXII Legislatura del Congreso de la Unión, Vicecoordinador de su Grupo Parlamentario y Consejero del Poder Legislativo ante el Consejo General del Instituto Nacional Electoral. Entre 2009 y 2010 fue becario de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores en Córdoba, España. Sus ensayos, artículos y relatos, han sido publicados en revistas y periódicos nacionales e internacionales. Es Presidente fundador de Tempo, Política Constante.