Por Danner González

@dannerglez

Mi amigo Perry es la desconfianza andando. Doctor en economía por la Universidad de Cambridge, no tolera la ausencia de pruebas factuales cuando hay que hablar sobre “la buena gobernanza”. Para compensar su escepticismo en el mundo material se refugia en la verdad de la literatura. Un día comenzó a leer al cubano Padura y ya no paró. Lo ha leído todo, desde Fiebre de caballos hasta el guión de Regreso a Ítaca

A Perry a menudo la literatura se le sale de sus goznes para asumir formas corpóreas que de inmediato asocia con un libro, quizá porque es como don Quijote, a quien de tanto leer novelas de caballería, se le había secado el “celebro”. Son sutiles los matices que separan a la realidad de la ficción. A veces un aroma, el arqueo de una ceja, un ruido lejano, detona sensaciones conocidas, dispara vívidos recuerdos de lo vivido, que es también lo leído. Los científicos teorizan sobre el misterioso déjà vu apuntando que el cerebro se adelantaría unos segundos a leer la realidad sin que ello fuera perceptible para los sentidos. Para cuando los ojos, las manos, los oídos o la nariz reaccionan,  el cuerpo desconcertado activa un pálpito: ¡Esto lo he vivido ya! Es más poético pensar que hemos habitado otros cuerpos, en otros tiempos, sobre los espacios que ahora desandamos. 

Años atrás, Perry acababa de leer El hombre que amaba los perros, así que me llamó un día entusiasmado para preguntarme si conocía la novela. Por supuesto, doctor, le dije. ¿Tienes tiempo de que te cuente una historia? Era tarde, pero mi amigo es de esas personas cada vez más escasas, que aún disfrutan conversar al teléfono. Escuché con atención. Unas semanas atrás había ido a Tepoztlán, a casa de unos amigos, y allí oyó con azoro la historia de un veterinario local que también acababa de leer la novela catedral de Padura, para luego recibir en su consulta un hermoso ejemplar de borzói, que le había recordado a Maya, la perra que acompañó a Trotski en el exilio. La caniche debió quedarse en observación unos días, así que al hacer la nota correspondiente, el veterinario preguntó el nombre de la dueña. Se vio en la necesidad de que le deletrearan el apellido. La mujer se apellidaba Volkow, como el nieto de Trotski. Apenas unos días después un hombre corpulento entró en la veterinaria con dos galgos blancos. La impresión inicial del médico por recibir en la misma semana tres borzói rusos no hizo sino convertirse en estupor cuando al dejar a sus perros el hombre dijo apellidarse Mercader, igual que el asesino de Trotski, de curioso y memorable piolet. Si yo supiera que Perry es un charlatán no me habría creído aquella historia, pero mi amigo además de ser un hombre respetable, estaba al borde del éxtasis aquella noche. Incluso sugirió que fuéramos a Mantilla a buscar a Padura para contarle aquella historia alucinante. O escríbala usted, me ordenó. Un  día de estos, doctor, le dije asumiendo la deuda.

Hace unos días salí a correr, para intentar desconfinarme un poco luego de tres meses de encierro. Hice la ruta de siempre. La ciudad parecía tan nueva que puse atención en sitios que de tan recorridos se me habían vuelto invisibles. En el frontispicio de una vieja casa señorial vi una hornacina y en ella la efigie de una pequeña virgen española que posa sus pies sobre una media luna. Asoma sus manos a modo de plegaria. Sobre sus hombros cae un largo manto que dibuja un triángulo isósceles en su caída. Su corona me recordó el verso de un vallenato de Leandro Díaz, que además sirve de epígrafe a El amor en los tiempos del cólera: “En adelanto van estos lugares, ya tienen su diosa coronada”. Dos cuadras adelante vi, en la lámina de un puesto de tacos, una virgen muy parecida, de mirada baja, solo que con flores a los costados. Es la virgen de Juquila, me dijo el don. El artista era más bien prosaico, pero no pude sustraerme a la coincidencia. Esa misma tarde recibí una muy buena noticia. La tarde siguiente, mientras me abastecía de comida, vi a una virgen parecida en el mercado. Es la de San Juan de los Lagos, me dijo la doña. 

Como no soy docto en advocaciones marianas, estudié un poco. Pensé en la de la Soledad, en la del Carmen, en la Almudena y la Candelaria. Supe que las de Juquila y San Juan de los Lagos son advocaciones de la Limpia y Purísima Concepción. El mito de la de Juquila dice que llegó de España con tez blanca y fue obsequiada por Fray Jordán de Santa Caterina a un catequista; que sobrevivió a un incendio en 1633, de cuyas llamas adquirió la coloración morena de su rostro. Pensé en Cachita, como le dicen los cubanos a la Virgen de la Caridad del Cobre, también morena y en la Virgen de Monserrat, mejor conocida como la Moreneta, y entonces supe que estaba siendo víctima, una vez más, de los enredos de Leonardo Padura. 

En La transparencia del tiempo, el detective Mario Conde es contratado para recuperar una pequeña virgen robada, una Virgen de Regla, le dicen. Pero el Conde no es pendejo, indaga: la Virgen de Regla es negra pero el niño es blanco y en la foto el niño es negro. Tampoco es la Virgen de la Caridad del Cobre, porque tiene niño pero está de pie y la de la foto tiene niño pero está sentada. Es una Virgen catalana, la Virgen de Monserrat, la Moreneta. Es Padura y no, es el tiempo que se sale de sus goznes, nos desborda cada vez que contamos historias o se nos manifiestan en forma de advocaciones, mientras nos esforzamos en vivir dignamente, como el Conde, cada vez más cerca de edades temidas. 

Para todos aquellos que en la cuarentena han encontrado en un libro la belleza y el dolor soportable.

Danner González

Danner González

Especialista en comunicación y marketing político. Ha realizado estudios de Derecho en la Universidad Veracruzana; de Literatura en la UNAM; de Historia Económica de México con el Banco de México y el ITAM, y de Estrategia y Comunicación Político-Electoral con la Universidad de Georgetown, The Government Affairs Institute. Ha sido Diputado Federal a la LXII Legislatura del Congreso de la Unión, Vicecoordinador de su Grupo Parlamentario y Consejero del Poder Legislativo ante el Consejo General del Instituto Nacional Electoral. Entre 2009 y 2010 fue becario de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores en Córdoba, España. Sus ensayos, artículos y relatos, han sido publicados en revistas y periódicos nacionales e internacionales. Es Presidente fundador de Tempo, Política Constante.