Editorial

@tempomxcom

En menos de un mes, John Ackerman ha intentado confrontar –sin éxito– a senadores y diputados de su partido con sus coordinadores parlamentarios. La primera vez, a finales de junio, cuando exigió, vía twitter, el cambio de Coordinador en el grupo de Morena en el Senado, porque Ricardo Monreal acudió a una entrevista con Carlos Loret de Mola, miembro del famoso BOA. Nadie le hizo coro entonces entre la bancada morenista. 

La más reciente confrontación aún no termina y la puso en marcha el mismo Ackerman contra Mario Delgado, coordinador de la bancada morenista en San Lázaro, al perder la partida al interior del Comité Técnico para la selección de consejeros del INE, una vez aprobadas las quintetas de entre las cuales saldrán dos consejeros y dos consejeras. En esta ocasión consiguió el apoyo de una facción de legisladores, encabezada por Dolores Padierna y del grupo parlamentario del PT en San Lázaro. No obstante, todo indica que el proceso transcurrirá según lo acordado por la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados y que las quintetas estarán votándose este mismo miércoles en el período extraordinario convocado para tales efectos. 

No es fortuita la andanada de ataques de distintos medios de comunicación contra la poderosísima pareja conformada por el académico John Ackerman y la Secretaria de la Función Pública, Irma Eréndira Sandoval. Su exposición mediática  y la tentación de jugar en varias canchas al mismo tiempo, les han granjeado rápidamente no pocos y no menores enemigos gratuitos. Solamente este año, los Ackerman Sandoval han intentado controlar la UNAM, Morena y dictar línea a sus correligionarios en San Lázaro y Paseo de la Reforma. También buscan que Pablo Sandoval, delegado de los programas federales en Guerrero y hermano de la Secretaria de la Función Pública sea candidato a gobernador de aquel estado. El otro hermano, Netzaí Sandoval es titular del Instituto Federal de Defensoría Pública. 

La cereza del pastel fue la inclusión de Ackerman en el Comité Técnico para la elección de consejeros del INE, espacio que ha copado históricamente el grupo de intelectuales afines a José Woldenberg y al CIDE, los mismos que escriben en Reforma y El Universal. Reforma prácticamente ha bombardeado a los Ackerman Sandoval todos los días en sus páginas desde hace varios meses. Los ataques contra Ackerman en razón de sus casas o de sus títulos no fueron casuales, se trató de una evidente estrategia bien armada para desacreditarlo y descarrilarlo en el proceso de elección de consejeros. Pero al académico le faltó pericia política, no entendió que se trataba de una jugada de pizarrón y mordió el anzuelo. Se enganchó en pleitos estériles que lo distrajeron de la más valiosa de sus tareas: ser factor decisivo al interior del Comité Técnico de la Cámara de Diputados. Enfrente tenía a viejos lobos de mar como Diego Valadés. Para cuando quiso maniobrar, los de siempre le habían ganado la batalla. Su reacción fue furibunda, desconociendo las reglas del procedimiento y hasta el artículo 41 de la Constitución. En resumen: Ackerman es el clásico chiquillo que cuando va perdiendo por goleada en el fútbol llanero, grita que todo se decida en “gol gana” o de lo contrario se lleva su balón. 

Los Ackerman Sandoval han apostado todas sus canicas al afecto del Presidente, que guarda en el recuerdo la memoria del extinto luchador de izquierda, Pablo Sandoval Ramírez. Pero en su desmedido afán de controlar el partido, han abierto una franca batalla entre morenistas “ultras” o “puros” y “moderados” o “pragmáticos”. Han olvidado que en política se suma y se multiplica y que el que mucho abarca, poco aprieta. No solo llegarán al proceso electoral de 2021 diezmados y en la mira de la mafia del poder, del PRIAN, de los intelectuales orgánicos y de los medios a su servicio. Al interior de Morena tendrán que enfrentar una batalla más cruenta: el cobro de facturas de todos aquellos grupos de correligionarios suyos a los que han atacado: Ricardo Monreal, Marcelo Ebrard, Higinio Martínez, Yeidckol Polevnsky, Alfonso Ramírez Cuéllar. Lejos de ayudarle al Presidente, los Ackerman Sandoval han labrado en poco tiempo su propio confinamiento. Se dan baños de pureza, predican la radicalidad del movimiento, pero ajenos a la política real, carecen del pragmatismo necesario para jugar el juego de la silla y eso los hace débiles, vulnerables. Se engolosinaron en poco tiempo, se volvieron ambiciosos vulgares. A estas alturas del 2020 son ya meros personajes pintorescos de la mejor estirpe de Gabriel García Márquez: la cándida Eréndira en su Secretaría de la Defunción Pública desalmada y Ackerman en su laberinto, después de haber obrado como aquel coronel Aureliano Buendía, que peleó 32 guerras y las perdió todas.