Por Jacaranda Guillén Ayala
@jackyga3

A pocos días de que se celebre la elección presidencial en Estados Unidos, el pronóstico final aún es difícil de predecir. La incertidumbre se debe a la complejidad per se del sistema electoral estadounidense, en el que convergen elementos a observar y que, sin duda, definen el resultado final. El ejemplo más inédito está en la contienda de 2016.

La historia político-electoral de Estados Unidos ha demostrado que, en la mayoría de los procesos electorales, una de las claves para llegar a la Casa Blanca está en el peso del Colegio Electoral. Durante los comicios, los ciudadanos eligen a los 538 electores que, comprometidos a votar por un candidato específico, finalmente deciden quien gana la Presidencia. El número de electores en cada estado depende del número de sus legisladores en el Congreso. 270 votos electorales son necesarios para la victoria presidencial, y aunque las reglas varían entre cada estado, la mayoría establece que el candidato con más votos electorales es el que logra el triunfo estatal.

En este tipo de sistema electoral indirecto, la estrategia está en ganar en muchos estados aún cuando la diferencia sea mínima (en 2016, Hillary Clinton ganó en 20 estados y Donald Trump en 30). Sin embargo, para la victoria, algunos estados importan más que otros. Por esto, las campañas estadounidenses centran sus esfuerzos en captar el voto popular en ciertos estados, y no en su totalidad nacional, como ocurre en otros países. Entre los estados que “más importan”, están los estados bastión y los swing states (estados péndulo o bisagra). Los primeros, tradicionalmente, la tendencia es demócrata (California, Massachusetts o Nueva York) o republicana (Dakota del Norte, Alabama o Texas). En los segundos, ninguno de los dos partidos tiene la victoria asegurada, y las circunstancias previas (cambios demográficos o crisis económicas) a los comicios, o durante los mismos (participación electoral), podría inclinar la balanza hacia uno u otro lado.

Los últimos comicios advierten el crecimiento de un mayor número de estados indecisos, lo que significa más campañas en más estados. Por ejemplo, en 2016, aunque Trump logró el triunfo, lo obtuvo con victorias específicas pero ajustadas en Michigan, Pensilvania y Wisconsin, estados que tradicionalmente eran demócratas, y se impuso en Ohio y Florida, comúnmente indecisos. Durante las campañas de 2020, Joe Biden ha trabajado en quince estados (10 ganados por Trump en 2016, y 5 por Clinton). Destacan sus esfuerzos en Michigan y Wisconsin, perdidos en 2016, así como en los republicanos Texas y Georgia. Trump, por su parte, destinó su campaña a once estados, los mismos donde están presentes los demócratas, y cuyo triunfo de 2016 busca mantener.

En la contienda actual, encuestas y pronósticos indican una alta probabilidad de que Biden llegue a la Casa Blanca, debido a que observan cambios, especialmente en estados ganados por Trump en 2016 y que hoy consideran swing states. Algunos como Arizona, Florida, Pensilvania, Wisconsin, Michigan favorecen claramente a Biden. En otros auguran advierten de una dura y estrecha batalla entre los candidatos, es el caso de Carolina del Norte, Ohio, Nevada, y Georgia. Y mientras Biden busca recuperar algunos de estos estados y alcanzar un triunfo histórico en otros, el único que Trump podría mantener sería Iowa, aunque por menos de un punto. También, es posible que Biden mantenga Virginia y Nuevo Hampshire, y en Pensilvania, debido a que la diferencia con Trump ha ido disminuyendo, podría esperarse la conocida “sorpresa de octubre”.

Además del peso del Colegio Electoral, y aunque el voto popular no garantice el triunfo presidencial, el comportamiento del electorado y su participación en los comicios del 3 de noviembre, serán crucialmente importantes entre los indecisos de los swing states, donde la postura política aún no es clara y, en donde sin duda la elección se decidirá. El factor decisivo está en la intención del voto y el nivel de entusiasmo entre los electores. En comparación con las elecciones de 2016, y aunque hoy haya un mayor rechazo social hacia Trump, la intención del voto y el nivel de entusiasmo es mayor y más sólido entre sus seguidores, que entre los de Biden, 70%-40% respectivamente. Al mismo tiempo, la participación de los jóvenes será fundamental. En 2016, votaron más adultos (55%) que jóvenes de entre 18 y 24 años (40%).

Debido a la medida optada del voto por correo, como consecuencia de la COVID-19, se espera que la participación sea alta (150 millones de electores), a pesar de que la tasa refleje una caída constante en las anteriores elecciones (2016, 55%, 127 millones de personas). Si se alcanzara esta participación, del 65% de la población, sería un hecho insólito. Aunque, también debido a la pandemia, la abstención podría reflejarse en algunos centros de votación.

Luego del resultado del primer debate presidencial y del vicepresidencial, y de la incertidumbre sobre un segundo encuentro, otros elementos por tener en cuenta son: la “mayoría silenciosa” por la que Trump apuesta; los resultados de los comicios legislativos; la consideración de Trump sobre el voto por correo, como una medida fraudulenta; y las medidas sociales y económicas respecto a la pandemia, que el mandatario pudiera adoptar durante los próximos días, como por ejemplo el tema de la vacuna.

Finalmente, la historia nos recuerda que el resultado sigue siendo incierto, y cualquier sorpresa podría ocurrir a última hora. Lo que no es incierto, es que el desconcierto de esta elección traerá consigo más cambios a la política y democracia estadounidenses, implicando un mayor peligro para esta última.

Jacaranda Guillén Ayala

Jacaranda Guillén Ayala

Es Licenciada en Relaciones Internacionales y Maestra en Estudios México-Estados Unidos, ambos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Desde 2010, es miembro de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales (AMEI). Ha participado en programas de investigación sobre gobernanza internacional y desarrollo sostenible como el Instituto Alemán para el Desarrollo (DIE), y cuenta con estudios sobre la relación bilateral México–Estados Unidos en la Universidad de California en San Diego. Adicionalmente ha colaborado en medios de comunicación como El Financiero, Capital 21, México al día, entre otros. También ha publicado en distintos medios como FAL Latinoamérica, la BBC y otros. Se ha desempeñado como asesora parlamentaria en asuntos internacionales en la Consultoría Jurídica del Senado de la República. Actualmente es investigadora del Centro de Estudios Internacionales Gilberto Bosques del Senado de la República.