Editorial

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El 29 de agosto de 2021 se dio a conocer que Sergio Gutiérrez Luna, originario de Minatitlán, Veracruz, presidirá la Cámara de Diputados para el primer año la 65 Legislatura del Congreso de la Unión que inició el pasado 1º de septiembre. En una bancada que supera los 200 legisladores y que cuenta con perfiles como Yeidckol Polevnsky, presidenta de morena en la elección histórica de 2018 —la llamada victoria del pueblo—, Gutiérrez Luna fue el elegido.

Mientras que en la 64 Legislatura llegó para ocupar la curul que dejó vacante el diputado federal Horacio Duarte Olivares (actual Administrador General de Aduanas), cuando el mexiquense fue designado como subsecretario del Trabajo, y que coordinará uno de los programas estrella del nuevo gobierno, denominado Jóvenes Construyendo Futuro el 1º de diciembre de 2018; a la mitad del camino del primer sexenio de la Cuarta Transformación, llega por la puerta grande para conducir los trabajos de la Cámara Baja.

En esta inercia favorable, el presidente de la Mesa Directiva en San Lázaro está adoptando un rol protagónico en la 4T —con delirio de protagonismo— y en un afán desmedido de reflector, más de una vez ha cometido acciones que en el mejor de los casos son cuestionables para la base de morena. Más temprano que tarde, seguramente tendrá problemas con la militancia partidista e incluso un coscorrón público del presidente.

Un caso muy evidente de esta crisis de identidad se aprecia en la comunicación que ha sostenido con el INE ante la inminente reforma electoral, se pierde o al menos se distorsiona la institucionalidad cuando Lorenzo Córdova declara que él y Sergio son amigos —esto es paradójico si recordamos que Gutiérrez Luna, hasta hace unos meses fungió como representante de morena ante el INE y se dedicó a golpear al Instituto—.

No se equivoca el clásico cuando dice que las amistades no se niegan, pero no podemos olvidar que en política un principio elemental es la prudencia —aunque en constantemente sea la gran ausente en el debate público— y la coyuntura electoral de nuestro país marca que, para los militantes y simpatizantes de la 4T, el INE ha estado lejos de ser un árbitro objetivo e imparcial. Ante la inminente reforma electoral, el alegre andar de Gutiérrez al lado de Córdova, debe prender los focos sobre el papel que va a jugar el presidente de la Cámara de Diputados en un tema que lo rebasa, una reforma cuya negociación dependerá de los grupos parlamentarios en la JUCOPO. Para dejarlo claro, ni siquiera Don Ricardo Monreal se ha atrevido a salir públicamente con Lorenzo Córdova, que está sumamente desacreditado.

Al parecer, alguien ya ha empezado a soñar con la candidatura al gobierno de Veracruz en 2024, olvidando que en el camino están perfiles de probada lealtad, eficiencia y eficacia para AMLO, como son la secretaria de Energía, Rocío Nahle García; y el alcalde electo de Xalapa, Ricardo Ahued, por mencionar a un par de morenistas que llevan mano en la aspiración de la gubernatura. El costo político de esta actitud puede ser demasiado alto y podría acabar quemado, al menos en Veracruz ya lo empezaron a golpetear y en días recientes lo balconearon por la camioneta BMW en la que se transporta campantemente.

Gutiérrez Luna está muy a tiempo de recalcular sus movimientos y mesurar su evidente intento de ser nota todos los días, de no hacerlo, la ruptura en el diálogo en San Lázaro y en Veracruz se puede fragmentar de manera irreversible. O quizá camina con el respaldo del grupo morenista de Texcoco, en el que Horacio Duarte figura como uno de los cuadros más fuertes.

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