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Celina Peña Guzmán

@CelinaPGuzman

Este es sin duda un libro de evocaciones, en el que sería injusto y poco provocativo decir que es una novela sobre las ciudades, o la vida de un joven aprendiz de escritor o de un viejo escritor closetero, escondido bajo un punto de engorde burócrata al muy fiel estilo de Coupland.

Es más bien un dulce péndulo entre la filosofía y la literatura; es el guiño presente en la taxonomía de las letras bajo los ojos de Celestino Teixeiro que habita y mira la ciudad de los bastaixos, en el fallido intento de los sionistas de tratar de dominar al mundo, comandados por Pinky y Cerebro, o más bien por Bart Simpson.

Es la crónica de esas ciudades que tal vez visitó el viejo alquimista Melquiades a lo largo de “Cien años de soledad”. O tal vez la medieval Barcelona que cobijó a George Orwell cuando tecleaba o más bien imaginaba “2266” o “1984” en el pre apocalipsis capitalista.

Es la vida del escritor que temerosamente lee a Joyce y que evita a toda costa hacer intertextualidad, que no plagio del texto, de las ciudades escriturarias y letradas de Ángel Rama.

Es acaso el propósito desvelado del escritor que sólo escribe sur la merd, para beber y follarse a una incauta que se deja sorprender.

El disco del Putumayo melodioso que se cuela en los poros de un negro del Congo Belga, como fiel amante de Roger Casement o un sirviente de Joseph Conrad en “El Corazón de las Tinieblas”.

Esta ciudad letrada que guarda mil historias, mil marianas, mil muros, mil luces y mil calles de “El viajero del Siglo”, que lo mismo puede ser Madrid, México o la sombría casa de la novela negra, Gijón.

Ya lo decía Joaquín Sabina: “un piso en Atocha no queda tan cerca del cielo”.

Una ciudad Mariana, hogar de los “Buddenbrook” de Tomas Mann que busca a toda costa moverse en el habitus. Una calle de “El hombre sin atributo”, bajo la sombra de Mussil.

Matos confiesa que jamás ha esnifado cocaína, que sabe que el sexo no es ejercicio y que la mota no alimenta. Por su parte, Teixeiro muere en el mercado de la nostalgia en un tren que nunca y siempre llega al sur. Entiende poco de arte y no le gusta Goya, pero tal vez pudiera amar a Chagall.

La hermandad del Gran Gato escudriñando los secretos de Alejandría y entretejiendo el camino por el árbol genealógico del gran Ptolomeo.

En Mariana se reescriben “Los Nueve Libros de la Historia” de Heródoto; es tal vez Clío o Calíope quien ha parido la ciudad.

Ya lo diría Danner González “no es posible que un ser humano tenga tan escasa dignidad como para resignarse a un ser mediocre feliz y suponer que eso es vida”.

¡Que viva el nuevo estridentismo! Y ¡Que vivan las ciudades portuarias!

Celina Peña Guzmán

Profesora investigadora de historia, comunicación y patrimonio todos los niveles.